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jueves, 5 de junio de 2014

La abdicación de Juan Carlos I



La abdicación del Rey Juan Carlos I ha sido interpretada desde muy diversos puntos de vista. Desde la afición republicana –perdónenme esta licencia pero en estos momentos presenta rasgos más propios de hinchas de fútbol que de políticos racionales‑  se ha ensalzado lo democrática que es una república frente al carácter antidemocrático de la monarquía parlamentaria[1]. Nada más lejos de la realidad. Desde un análisis técnico[2] una República Parlamentaria es más parecida a una Monarquía Parlamentaria que a una República Presidencialista. Por tanto, la Monarquía Parlamentaria constitucional es tan democrática como cualquier República. Podemos tener más dudas sobre la calidad democrática de determinadas Repúblicas presidencialistas en las que el “Presidente” ha borrado de un plumazo la división de poderes y mantiene una constante represión contra la oposición. Si ese es el ideal de los “nuevos demócratas”, mejor nos quedamos con algo que ha funcionado bastante bien, la monarquía parlamentaria española. Esta afirmación no nos impide exigir la mejora de la democracia española, pero precisamente los grandes problemas no se encuentran en la dicotomía Monarquía, sí o no. Transparencia, participación, democratización de los partidos políticos, reencuentro entre ciudadanos y políticos, Justicia más justa y rápida, control de los monopolios u oligopolios, una organización territorial más eficaz y eficiente al servicio de todos los ciudadanos… esas sí que son las asignaturas pendientes de nuestra democracia.
También se dice que ahora es el momento de un referéndum para decidir entre república o monarquía. Al respecto podemos hacer dos reflexiones. La primera es que la institución del referéndum ha sido uno de los instrumentos preferidos por los dictadores para legitimarse. Franco organizó dos, uno 1947 (el 93% voto sí) y, otro en  1966, en éste el 95,06% de los votos fueron afirmativos. La segunda es que también en este punto se está engañando a la opinión pública: con las reglas del juego político que ahora tenemos, no es posible la convocatoria de un referéndum para decidir entre monarquía o república. De nuevo el desconocimiento o la manipulación son las dos explicaciones plausibles. Si se quieren cambiar esas reglas del juego político deben hacerse desde el marco democrático. Cambiar una monarquía parlamentaria por una aún indefinida república, necesita de una reforma constitucional agravada del artículo 168 de la Constitución. Esta reforma precisa la aprobación por parte de 2/3 del Congreso de los Diputados, la aprobación por 2/3 del Senado, la disolución de las Cortes Generales, la celebración de elecciones generales, la aprobación por cada una de las dos nuevas cámaras legislativas, también por mayoría cualificada de 2/3 y, finalmente, la celebración de un referéndum.
El argumento esencial de los republicanos es que el pueblo español tiene derecho a decidir quién es el Jefe del Estado. Eso ya lo decidió cuando se aprobó la Constitución en 1978. Pero además, ¿quién creen ustedes que sería el hipotético Presidente de la III República española? Sí, no se rompan la cabeza: habría sido quien el PP o el PSOE hubiese designado, lo cual deja muy limitada la elección por parte del pueblo.
Quizás deberíamos afrontar desde la racionalidad y sin apasionamiento este tema. Podemos estar de acuerdo con el enfoque que considera la monarquía como una anomalía histórica[3], pero lo cierto es que en Europa hay 10 monarquías parlamentarias[4] y que la institución en España está funcionando bien –con todos los errores y matices‑ en este sentido “whatever works”, “si la cosa funciona…”. La clave se encuentra en que un Monarca constitucional realiza parte de su función de cara al público en representación del Estado. Eso supone no solo dar discursos, también firmar leyes, asistir a encuentros internacionales, recibir a los embajadores, entrevistarse con personalidades de la vida social, económica, deportiva… En estas labores, la institución monárquica presenta una ventaja sobre la republicana. En principio el cargo de rey es vitalicio[5], aunque como acabamos de comprobar es posible la abdicación. Por el contrario, el Presidente de una República ocupa el cargo por un tiempo limitado. Si se trata de una república parlamentaria su ocupación es similar la de un rey constitucional con la diferencia que es poco conocido dentro de sus fronteras y prácticamente desconocido fuera de su país. En este sentido, la proyección pública de un Rey es muy superior al de un Presidente de la República. El configurarse como “la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales, especialmente con las naciones de su comunidad histórica” tal y como dice el artículo 56 de la Constitución española viene a ser más estable en un sistema monárquico que republicano. Evidentemente una monarquía presenta una indudable ventaja si se trata de una persona conocida y reconocida a nivel internacional.
La otra función del Jefe del Estado consiste en arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones. Aquí también existe una situación de ventaja para un monarca sobre un presidente de república. La independencia y situación apolítica del rey juega a favor de esa función de moderación y arbitraje. Un presidente de la república parte de una adscripción partidista y, por tanto con una capacidad de mediación muy comprometida. Incluso puede producirse una tensión entre Presidente de la República y Primer Ministro, con grave quebranto de las relaciones institucionales, tal y como ha ocurrido en Rumanía entre el 2007 y el 2012[6]. Incluso esa situación ha llevado a algunos países como Francia a buscar una “cohabitación” entre ambas instituciones.
No creo que sea el momento de resucitar la polémica república-monarquía. Otros problemas más graves y con mayor repercusión exigen nuestra atención: independentismo, quiebra económica por el gasto de las autonomías, un sistema autonómico sin limitaciones, dificultad del Estado para embridar a las Autonomías y Entidades Locales para conseguir su eficacia y eficiencia, así como garantizar los derechos de todos los españoles en cualquier lugar de España. En todo caso la monarquía parlamentaria es uno de los factores de la estabilidad política de nuestro país, condición necesaria para el desarrollo económico, social y político.
Confiemos que Felipe VI siga siendo un rey que reina, pero no gobierna, para ello será trascendental su formación –creemos que excelente‑, su actitud y el consejo y cooperación de quien le acompañen ‑comenzando por la Reina Letizia y por aquellos que trabajen en la Casa del Rey‑ en esta nueva etapa de la democracia en España. El rey Juan Carlos I ha dejado muy alto el listón, pero todo es posible mejorarlo.


[1] LARA, Cayo manifiesta que "el pueblo decida en referéndum si quiere monarquía o república, o lo que es lo mismo monarquía o democracia". http://www.eleconomista.es/flash/noticias/5827440/06/14/Cayo-Lara-reivindica-un-referendum-para-que-el-pueblo-decida-si-quiere-Monarquia-o-Republica.html
[2] Puede verse un análisis previo en SÁNCHEZ DE DIEGO FERNÁNDEZ DE LA RIVA, Manuel: “Monarquía o República ¿es posible optar?” en A vueltas con el Estado. Septiembre 2009. http://sanchezdediego.blogspot.com.es/2012_09_01_archive.html
[3] PÉREZ ROYO, Javier: “Curso de Derecho Constitucional”. Madrid, 1994. Página 434.
[4] Un estudio comparado puede encontrarse en ROLLNERT LIERN, Göran (Director): “Las monarquías europeas en el siglo XXI“. Madrid, 2007
[5] Que un cargo sea vitalicio añade un plus de independencia. Los jueces y magistrados del poder judicial que son independientes e inamovibles (artículo 117 de la Constitución española) lo son en cuanto profesionales de la justicia de por vida, al menos hasta su jubilación o su cese por los motivos establecidos legalmente. En Estados Unidos los Jueces de la Corte Suprema son designados por el Presidente, pero la clave de su independencia se encuentra en que el cargo es vitalicio.
[6] El 6 de julio de 2012 se produce la suspensión de funciones del Presidente de la República Traian Basescu por parte del Parlamento Rumano, a instancia del Primer Ministro Victor Ponta, de la coalición de centro izquierda Unión Social Liberal (USL). El referéndum posterior fue nulo al no llegar al 50% de participación, por lo que Basescu volvió al cargo. Se trataba de la segunda vez que el Parlamento Rumano lo destituía, la anterior fue el 20 de abril de 2007 y fue anulada por el Tribunal Constitucional.

martes, 31 de diciembre de 2013

Claves del Mensaje Navideño del Rey



ME PERMITO REPRODUCIR UN ARTÍCULO PUBLICADO EN ELIMPARCIAL.ES


Claves del Mensaje del Rey

Manuel Sánchez de Diego Fdez. de la Riva

msdiego@ucm.es

 

 El mensaje de Navidad del Rey de España de este año presenta a mi juicio una serie de ideas dignas de comentarse, pero antes de hacerlo hay que señalar varias peculiaridades del marco en el que se produce esa alocución televisiva. 

En primer lugar porque es de los pocos discursos que son elaborados directamente en la Casa de Su Majestad el Rey de España, pues la mayoría de ellos se escriben en Ministerios o en Presidencia de Gobierno y se pronuncian por el Rey sin que pueda cambiar nada –ésta es una de las reglas de las Monarquías constitucionales- y siempre con el refrendo del Presidente o de un Ministro. En este caso el Rey comparece solo y el discurso es producido en Zarzuela y sólo ha sido revisado por Moncloa.

La segunda referencia es que en estos momentos el Rey es uno de los españoles que mejor está informado. No solo por el Gobierno, también por los militares con los que ha compartido cuartel, destino y penurias; por civiles de renombre, expertos en derecho, economía, comunicación, relaciones internacionales, deporte… por españoles y extranjeros con los que mantiene relaciones fraternas, de amistad y confianza. A la Casa del Rey llegan informes, el Rey se entrevista un día sí y otro también con personas de todo tipo, el equipo de comunicación de Zarzuela conoce lo que se dice dentro y fuera de nuestras fronteras y prepara los correspondientes resúmenes de prensa.

La tercera consideración es que el Rey no está comprometido con ninguna política partidista; ni del PP, ni del PSOE. Otra cosas sería si el Jefe del Estado hubiese sido elegido como Presidente de la República con el apoyo de unos u otros. La única preocupación del monarca solo tiene una sigla, la E de España.

Como cuarto detalle de este marco debemos referirnos al necesario tono moderado de sus intervenciones. Esto puede exasperar a algunos periodistas, políticos o, incluso a la gente de calle: “debía ser más claro”, “no ha sido lo suficiente contundente como para llamar la atención de los oyentes” son algunas de las críticas que se le hacen al discurso del monarca. La verdad es que el Rey debe ser moderado en sus manifestaciones. Cuando en algún caso fue demasiado explícito, como ocurrió un año con sus críticas a la corrupción, desde el Gobierno de González se cambió el discurso para criticar a los periodistas, quizás contra aquellos que estaban desvelando los casos de corrupción. En algún lugar debería escribirse una norma no escrita por la que el discurso navideño del Rey no se toca por el poder político, basta con la moderación del monarca. Esta moderación exige una lectura entre líneas. De esa forma cuando el Rey se refiere a la “generosidad de las fuerzas políticas y sociales representativas” está pidiendo a nuestros políticos un esfuerzo, al menos similar al que hicieron los políticos de la Transición.

Pese a la importancia de este mensaje navideño del Rey, lo cierto es que la mayoría de los periódicos han tapado su contenido relevante con una información circunstancial e insustancial: “El mensaje navideño del Rey, el menos visto de los últimos 15 años”. He de reconocer que fui uno de esos españoles que no vio en directo el mensaje del Rey. Después lo he visto varias veces en youtube y lo leído en la propia página Web de la Casa del Rey. Las razones son las propias de esta sociedad cada vez más alocada y complicada en la que el tiempo es un recurso escaso. Cada vez tenemos menos tiempo para ver la televisión, incluso para felicitar a nuestros amigos. Por eso, dedicar casi 12 minutos a ver el Mensaje Navideño del Rey puede parecernos un despilfarro de nuestro tiempo, sobre todo si intuimos que será igual que el de otros años.

Sin embargo, creo que el discurso de este año es especialmente valiente, sin perder esa moderación a la que hacíamos referencia. Se han dicho verdades como puños, con guantes de seda.

El comienzo va dirigido directo al corazón. Al corazón de aquellos que sufren la crisis, al de aquellos emprendedores, autónomos, inmigrantes, servidores públicos y españoles que han tenido que emigrar. Todos ellos que con su sufrimiento y trabajo hacen que nuestro país siga funcionando. Al de los pensionistas que son “soporte de muchas economías familiares”. Al de la sociedad civil que en nuestro país es sumamente solidaria –no hace falta recordar los éxitos de las campañas de Cáritas, Banco de Alimentos y otras Ongs. Al corazón de las víctimas del terrorismo que sufren los efectos de un innombrable proceso de paz, aliñado con picantes resoluciones judiciales internacionales, incomprensibles en nuestro país.

Si quitamos el guante de seda, podríamos ver una bofetada directa a la corrupción y a las malas prácticas políticas que han producido un claro divorcio entre ciudadanía y clase política: “falta de ejemplaridad en la vida pública”, “la necesidad profundo cambio de actitud y un compromiso ético”, “la salud moral de una sociedad se define por el nivel del comportamiento ético de cada uno de sus ciudadanos, empezando por sus dirigentes” o que “la ejemplaridad presida las instituciones”. Manifestaciones todas ellas que deberían doler no solo a los dirigentes políticos, también a los económicos, sociales e intelectuales, por lo que en mi pequeña parte me siento concernido y comprometido. Incluso el Rey en su despedida asume personalmente “las exigencias de ejemplaridad y transparencia que hoy reclama la sociedad”. Alguien, yo en este caso, puede decir que el monarca “se ha puesto las pilas”, aludiendo, sin decirlo a los escándalos de su yerno Urdangarín y a alguna afición cinegética legítima, pero inoportuna.

En el discurso también se tiende la mano a la solución que pasa por la generosidad de los dirigentes políticos, el diálogo de las fuerzas políticas y sociales como “el método prioritario y más eficaz de solución de los problemas colectivos”, el respeto a las reglas del juego democrático, “las reformas necesarias para afrontar un futuro marcado por la prosperidad, la justicia y la igualdad de oportunidades para todos”, la unión en torno a la idea de España –obviando las veleidades nacionalistas, Más propias del Medievo que del siglo XXI y que se encuentran en fuera de juego- con la única cita que pone en boca del Príncipe de Asturias: “España es una gran Nación que vale la pena vivir y querer, y por la que merece la pena luchar”.

En definitiva, un discurso con un compromiso sólido del Rey de continuar en su puesto para que sin hacer nada significativo, arbitre y modere el funcionamiento regular de las instituciones de España. Confiemos que lo logre.

Bienvenidos...

...a este blog en donde trataremos de aportar ideas para mejorar el Estado Constitucional Español.