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miércoles, 5 de marzo de 2014

Regenerando la política española: Imbricar y embridar

Acaban de publicar en El Imparcial.es  /5/3/2014 un artículo  mío sobre

Política: imbridar y embridar.


Hay en el panorama político español un ilustre dirigente que parece que juega día sí y día no, al regate corto. Esta observación no es propia, sino que la he oído en boca de  un mucho más ilustre y sensato político del PSOE. En ese partido que se despeño gracias a las “genialidades” del anterior Presidente del Gobierno y a sus casos de corrupción, falta alguien que mire más allá de la primera curva y consiga marcar el rumbo de la izquierda española. Hacer Política, con mayúscula, es actuar con más estrategia que táctica.
Creo que se equivocan los miembros del PSOE que entienden que el federalismo es la solución a la deriva independentista de España. Todo ello sin considerar que las competencias de algunas comunidades autónomas son más amplias que las que pueden tener los länder de la República Federal Alemana. Si en algún momento los independentistas aceptasen el federalismo en la Constitución como solución, lo sería como estación intermedia hacia el independentismo. El federalismo les daría más fuerza en sus aspiraciones: “si de un estado unitario hemos pasado a un estado autonómico y, de éste a un estado federal, el siguiente paso es el estado confederal o directamente la independencia” podría argumentar cualquier dirigente de ERC, CiU, Bildu, PNV o alguno de los grupúsculos independentistas. Por eso, lo que puede parecer un objetivo estratégico y la solución del guirigay que los catalanes y vascos han producido en nuestro país, no es más que un remiendo a corto plazo y sin visos de solucionar los problemas de España.
También creo que se equivocan los recién aparecidos partidos políticos que propugnan una reforma electoral con un sistema esencialmente mayoritario, con circunscripciones uninominales para cada 100.000 habitantes. ¿Realmente el sistema nos llevaría a un bipartidismo? Creo que en España no. Prueba de ello es que los 43 diputados en Cortes catalanes se convertirían en 71. ¿Cuántos de ellos sería del PP, del PSOE o de partidos de ámbito nacional? Hagan cálculos y no se asusten.
Podríamos preguntarnos ¿tiene esto arreglo? En principio son muchos los problemas que aquejan al sistema político constitucional español. Desde la creciente pérdida de confianza en la Monarquía, hasta la situación económica de nuestro país, pasando por la corrupción instalada en todos los niveles. Posiblemente todos estos problemas tengan algún tipo de interconexión, pero de todos ellos hay dos que considero que son claves y que si se arreglaran podrían solucionarse de rebote otros muchos.
El primero es el de la desconfianza del público hacia los políticos y la política. En la actualidad el político consigue hacer carrera y brillar gracias a su fidelidad al partido o al líder. En muchos casos demostrada por su larga carrera política que se inicia en la  correspondiente organización juvenil del partido y, ello a costa de no haber trabajado nunca en la vida real. La desconfianza se acrecienta cuando se comprueba que una gran parte de nuestros impuestos van al pastel que se reparten los políticos. Pastel que ni olemos, ni sabemos cómo sabe, ni a cuanto alcanza, porque se complementa con los “convolutos”, mordidas, ayuditas, porcentajes del 3 o 5% y demás formas de corrupción. Por eso, cuando los grandes partidos hacen alarde del número de votantes ‑11 millones por unos, 7 por otros…‑ se olvidan que muchos votaron con la mano en la nariz, votando más por el mal menor, el voto útil o voto del miedo que por auténtica confianza.
La solución a este problema lo encontramos en una palabra complicada, IMBRICAR.

Es necesario imbricar a la política y a los políticos en la sociedad. Imbricar tiene el significado de superponer parcialmente. Los ciudadanos deben ser parte de la política, sentirse parte de la política y participar cuando ellos quieran. Esto comienza con una efectiva transparencia de los poderes públicos, no por concesión graciosa, sino porque los ciudadanos tienen derecho a saber. Además los políticos deben imbricarse en la sociedad y, eso significa estar más pendientes de las necesidades y aspiraciones de las personas que de las necesidades personales y del partido. Por eso deberían establecerse algún tipo de limitación en el número de mandatos –en especial en puestos ejecutivos como alcaldes, presidentes de comunidades autónomas o en la dirección del gobierno. También debería obligarse de alguna forma a que los políticos hayan trabajado en la vida real, como asalariados, como empresarios o como funcionarios. Quizás una de las claves de la Transición española es que los políticos fueron reclutados en los hospitales, en los bufetes, en las aulas, en las oficinas ministeriales, en las universidades… y la sociedad sentía que esos políticos les representaban.
El segundo problema tiene que ver con la estructura del estado español. El estado de las autonomías como fórmula política abierta ha posibilitado un proceso de transferencias del Estado hacia las Comunidades Autónomas que ha entrado en crisis por al menos tres circunstancias. En primer lugar porque el sistema es abierto y continuamente se producen demandas de nuevas transferencias y, recursos económicos, por parte de las comunidades autónomas, ya que ninguna quiere dejar de ser menos que la vecina. La singularidad autonómica ha llevado a una hiperinflación de normas –el volumen de páginas en boletines oficiales es sencillamente indigerible‑ generando una desigualdad de los españoles. Este es el segundo de los problemas, no recibe el mismo tratamiento, ni tiene los mismos derechos un paciente en el País Vasco que en Andalucía. El tercer problema tiene que ver con el coste. Las autonomías han incrementado el número de servidores públicos, han disparado el gasto público. Ello es admisible en tiempos de bonanza, pero no con la crisis económica. Por eso el despilfarro autonómico es inadmisible hoy en día. En estos momentos más de un 20% de la población española desearía volver a un estado unitario. Ésta también es una de las propuestas de los partidos recién presentados a la derecha del PP. Es difícil una vuelta atrás total, pues hay mucha gente que vive de las estructuras autonómicas, de las subvenciones… en definitiva de las Comunidades Autónomas. Incluso los partidos políticos de ámbito nacional se encuentran afectados por este “localismo” que ha instaurado a barones en estos nuevos reinos de taifas.
La solución pasaría por otra palabra difícil y similar a la anterior: EMBRIDAR. En su significado de “someter, sujetar, refrenar” se trataría de encauzar a las Comunidades Autónomas con dos objetivos claros: establecer un mismo régimen jurídico para todos españoles y controlar el gasto público. La igualdad de los españoles con independencia del lugar de residencia es una exigencia constitucional, con independencia de todos los matices que haya podido realizar el propio Tribunal Constitucional. Igualdad fiscal, mercado único, desarrollo de la lengua común, documentación oficial en una misma lengua, cuerpos de funcionarios a nivel de todo el Estado, estructura salarial similar en funciones equivalentes... Todo ello con independencia de la diversidad cultural, el respeto y fomento de las lenguas autóctonas, la preservación del derecho foral… Para ello habría que establecer la preeminencia de las  normas estatales sobre las autonómicas, quizás con unas auténticas Leyes de armonización. En la obra “Recuperar España” del Aula Política del CEU San Pablo se proponen medidas concretas que permitirían embridar el estado de las autonomías. Para evitar conflictos de competencias se precisarían una reforma suave de la Constitución (la propia del artículo 167).
Si consiguiéramos imbricar a la política en la ciudadanía y embridar el estado de las autonomías habríamos puesto los cimientos de un estado y de una sociedad más participativa, menos costosa y, en donde lo público esté al servicio de las personas y no al revés.



Además recomiendo el último artículo de José María Carrascal, publicado en la Tercera de ABC de ayer 4 de marzo con el título El PSOE en la encrucijada.
Hasta dentro de unos días no se podrá consultar de forma gratuita.

martes, 31 de diciembre de 2013

Claves del Mensaje Navideño del Rey



ME PERMITO REPRODUCIR UN ARTÍCULO PUBLICADO EN ELIMPARCIAL.ES


Claves del Mensaje del Rey

Manuel Sánchez de Diego Fdez. de la Riva

msdiego@ucm.es

 

 El mensaje de Navidad del Rey de España de este año presenta a mi juicio una serie de ideas dignas de comentarse, pero antes de hacerlo hay que señalar varias peculiaridades del marco en el que se produce esa alocución televisiva. 

En primer lugar porque es de los pocos discursos que son elaborados directamente en la Casa de Su Majestad el Rey de España, pues la mayoría de ellos se escriben en Ministerios o en Presidencia de Gobierno y se pronuncian por el Rey sin que pueda cambiar nada –ésta es una de las reglas de las Monarquías constitucionales- y siempre con el refrendo del Presidente o de un Ministro. En este caso el Rey comparece solo y el discurso es producido en Zarzuela y sólo ha sido revisado por Moncloa.

La segunda referencia es que en estos momentos el Rey es uno de los españoles que mejor está informado. No solo por el Gobierno, también por los militares con los que ha compartido cuartel, destino y penurias; por civiles de renombre, expertos en derecho, economía, comunicación, relaciones internacionales, deporte… por españoles y extranjeros con los que mantiene relaciones fraternas, de amistad y confianza. A la Casa del Rey llegan informes, el Rey se entrevista un día sí y otro también con personas de todo tipo, el equipo de comunicación de Zarzuela conoce lo que se dice dentro y fuera de nuestras fronteras y prepara los correspondientes resúmenes de prensa.

La tercera consideración es que el Rey no está comprometido con ninguna política partidista; ni del PP, ni del PSOE. Otra cosas sería si el Jefe del Estado hubiese sido elegido como Presidente de la República con el apoyo de unos u otros. La única preocupación del monarca solo tiene una sigla, la E de España.

Como cuarto detalle de este marco debemos referirnos al necesario tono moderado de sus intervenciones. Esto puede exasperar a algunos periodistas, políticos o, incluso a la gente de calle: “debía ser más claro”, “no ha sido lo suficiente contundente como para llamar la atención de los oyentes” son algunas de las críticas que se le hacen al discurso del monarca. La verdad es que el Rey debe ser moderado en sus manifestaciones. Cuando en algún caso fue demasiado explícito, como ocurrió un año con sus críticas a la corrupción, desde el Gobierno de González se cambió el discurso para criticar a los periodistas, quizás contra aquellos que estaban desvelando los casos de corrupción. En algún lugar debería escribirse una norma no escrita por la que el discurso navideño del Rey no se toca por el poder político, basta con la moderación del monarca. Esta moderación exige una lectura entre líneas. De esa forma cuando el Rey se refiere a la “generosidad de las fuerzas políticas y sociales representativas” está pidiendo a nuestros políticos un esfuerzo, al menos similar al que hicieron los políticos de la Transición.

Pese a la importancia de este mensaje navideño del Rey, lo cierto es que la mayoría de los periódicos han tapado su contenido relevante con una información circunstancial e insustancial: “El mensaje navideño del Rey, el menos visto de los últimos 15 años”. He de reconocer que fui uno de esos españoles que no vio en directo el mensaje del Rey. Después lo he visto varias veces en youtube y lo leído en la propia página Web de la Casa del Rey. Las razones son las propias de esta sociedad cada vez más alocada y complicada en la que el tiempo es un recurso escaso. Cada vez tenemos menos tiempo para ver la televisión, incluso para felicitar a nuestros amigos. Por eso, dedicar casi 12 minutos a ver el Mensaje Navideño del Rey puede parecernos un despilfarro de nuestro tiempo, sobre todo si intuimos que será igual que el de otros años.

Sin embargo, creo que el discurso de este año es especialmente valiente, sin perder esa moderación a la que hacíamos referencia. Se han dicho verdades como puños, con guantes de seda.

El comienzo va dirigido directo al corazón. Al corazón de aquellos que sufren la crisis, al de aquellos emprendedores, autónomos, inmigrantes, servidores públicos y españoles que han tenido que emigrar. Todos ellos que con su sufrimiento y trabajo hacen que nuestro país siga funcionando. Al de los pensionistas que son “soporte de muchas economías familiares”. Al de la sociedad civil que en nuestro país es sumamente solidaria –no hace falta recordar los éxitos de las campañas de Cáritas, Banco de Alimentos y otras Ongs. Al corazón de las víctimas del terrorismo que sufren los efectos de un innombrable proceso de paz, aliñado con picantes resoluciones judiciales internacionales, incomprensibles en nuestro país.

Si quitamos el guante de seda, podríamos ver una bofetada directa a la corrupción y a las malas prácticas políticas que han producido un claro divorcio entre ciudadanía y clase política: “falta de ejemplaridad en la vida pública”, “la necesidad profundo cambio de actitud y un compromiso ético”, “la salud moral de una sociedad se define por el nivel del comportamiento ético de cada uno de sus ciudadanos, empezando por sus dirigentes” o que “la ejemplaridad presida las instituciones”. Manifestaciones todas ellas que deberían doler no solo a los dirigentes políticos, también a los económicos, sociales e intelectuales, por lo que en mi pequeña parte me siento concernido y comprometido. Incluso el Rey en su despedida asume personalmente “las exigencias de ejemplaridad y transparencia que hoy reclama la sociedad”. Alguien, yo en este caso, puede decir que el monarca “se ha puesto las pilas”, aludiendo, sin decirlo a los escándalos de su yerno Urdangarín y a alguna afición cinegética legítima, pero inoportuna.

En el discurso también se tiende la mano a la solución que pasa por la generosidad de los dirigentes políticos, el diálogo de las fuerzas políticas y sociales como “el método prioritario y más eficaz de solución de los problemas colectivos”, el respeto a las reglas del juego democrático, “las reformas necesarias para afrontar un futuro marcado por la prosperidad, la justicia y la igualdad de oportunidades para todos”, la unión en torno a la idea de España –obviando las veleidades nacionalistas, Más propias del Medievo que del siglo XXI y que se encuentran en fuera de juego- con la única cita que pone en boca del Príncipe de Asturias: “España es una gran Nación que vale la pena vivir y querer, y por la que merece la pena luchar”.

En definitiva, un discurso con un compromiso sólido del Rey de continuar en su puesto para que sin hacer nada significativo, arbitre y modere el funcionamiento regular de las instituciones de España. Confiemos que lo logre.

Bienvenidos...

...a este blog en donde trataremos de aportar ideas para mejorar el Estado Constitucional Español.